El arte de la momificación en el antiguo Egipto es una práctica compleja e intrincada. Ya en el 2600 a.C. durante el Reino Antiguo, los faraones comenzaron a emplear técnicas de preservación para salvaguardar sus cuerpos. Para la época de la XXI Dinastía, este oficio alcanzó su punto máximo. Los embalsamadores seguían una serie de pasos elaborados, que incluían la extracción de órganos internos, la limpieza del cuerpo y el uso de natrón y especias para la preservación, transformando finalmente el cuerpo en una momia. Con el tiempo, el papel de los embalsamadores evolucionó de la simple preservación a la búsqueda de la perfección estética, e incluso realizaban procedimientos 'cosméticos' para restaurar la apariencia del difunto tal como era en vida. Todo el proceso tomaba alrededor de 70 días, reflejando el respeto de los antiguos egipcios por la muerte y su anhelo de vida eterna.

Durante este proceso, los embalsamadores no solo necesitaban dominar habilidades excepcionales, sino que también requerían un amplio conocimiento médico. Utilizaban diversas herramientas y materiales, como cuchillos de pedernal, aceite de cedro, ungüentos de resina, ojos artificiales y pelucas para completar cada paso. Estos embalsamadores ocupaban una posición prestigiosa en la sociedad del antiguo Egipto, ya que poseían los secretos de la vida y la muerte, ayudando tanto a nobles como a plebeyos a preservar su imagen hasta el más allá.

El desarrollo de este oficio refleja la comprensión única de los antiguos egipcios sobre la vida y la muerte, así como sus creencias sobre la vida después de la muerte.