La Isla de Pascua, ubicada en lo profundo del Pacífico Sur, está rodeada de un océano y un cielo infinitos, hogar de un grupo de personas misteriosas. Parecen estar escuchando algún tipo de voz; aunque no saben qué es, siempre pueden sentir una presencia sagrada más allá de la comprensión ordinaria.
En abril de 1722, el explorador holandés Jacob Roggeveen y su tripulación se encontraron por casualidad con esta isla durante su expedición y la nombraron Isla de Pascua. A la mañana siguiente, el asistente de Roggeveen exclamó de repente ante un fenómeno increíble en la isla. Los indígenas estaban llevando a cabo una solemne ceremonia religiosa, encendiendo hogueras, postrándose en el suelo y orando devotamente a las enormes estatuas de piedra. Estas estatuas, de aproximadamente 9 metros de altura, están talladas en enormes rocas, con rostros serios y expresiones indiferentes, como si guardaran los secretos de esta tierra.
Dispersas por la isla hay numerosas estatuas de este tipo, con números asombrosos. En un solo lugar, hay más de 40, mientras que en las laderas de Rano Raraku, ¡hay hasta 300! Algunas estatuas están de pie una al lado de la otra, mientras que otras están solas, cada una pesando más de 30 toneladas. Ante esta magnífica vista, Roggeveen y sus compañeros estaban llenos de preguntas: ¿Quién talló estas estatuas? ¿Por qué están aquí? ¿Qué historia y leyendas se esconden detrás de ellas?
Aunque Roggeveen y su tripulación no pudieron responder a estas preguntas, su descubrimiento despertó un interés duradero entre los académicos europeos. El misterio de las estatuas de la Isla de Pascua se ha convertido en un punto focal de discusión académica durante siglos.