Los escitas, un pueblo nómada de Asia Central desde el siglo VII a.C. hasta el siglo III a.C., se enorgullecían de sus tatuajes. En 1948, el arqueólogo soviético Rudenko descubrió sitios de entierro bien conservados de los escitas en las montañas de Altai en Siberia, entre los cuales los más notables fueron los restos congelados de un hombre y una mujer. Estos cuerpos no solo conservaron su integridad durante 2,500 años, sino que también llevaban exquisitos patrones de tatuajes.
Estos tatuajes representaban criaturas míticas, como animales con colas de gato y alas, grifos y ciervos con picos de águila. Servían no solo como símbolos de estatus, sino también como expresiones artísticas de la rica imaginación de los escitas. El cuerpo masculino medía 1.76 metros de altura, con una complexión robusta, y mostraba signos de haber afeitado y desollado su cabeza, lo que indica una larga historia de montar a caballo. Los artefactos que lo acompañaban incluían una mesa de madera, caballos, joyas e instrumentos musicales, reflejando el estilo de vida de esa época.
Rudenko también descubrió un conjunto de barbas artificiales hechas de piel de animal en la tumba, sugiriendo una conexión con la tradición escita de llevar barba. Además, se desenterraron varios cráneos, revelando un complejo trasfondo étnico que puede reflejar matrimonios entre los escitas y otras tribus. Este descubrimiento no solo proporciona información importante sobre el estilo de vida de los escitas, sino que también desvela los misterios de la cultura escita antigua.