A principios del siglo XVIII, el rey Rudolph de Prusia planeó construir una impresionante "Sala de Ámbar", decorada completamente con ámbar que brillaba con una luz indescriptible. Sin embargo, la gloria fue efímera, ya que el ámbar comenzó a desprenderse, lo que llevó al rey a retirarla del palacio. En 1716, Pedro el Grande adquirió la "Sala de Ámbar" y la transportó de regreso a San Petersburgo. Veinte años después, la emperatriz Ana Petrovna reinstaló la "Sala de Ámbar" durante la reconstrucción del Palacio de Verano. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi saqueó tesoros culturales y trasladó la "Sala de Ámbar" a Königsberg. Después de la guerra, equipos de búsqueda soviéticos registraron varios lugares, pero finalmente no lograron recuperar este valioso tesoro.