En 1924, el explorador británico Mitchell-Hedges descubrió un cráneo de cristal en la antigua ciudad de Luban Eton, en América Central. Este cráneo mide 18 centímetros de largo, aproximadamente 13 centímetros de ancho y alto, y pesa alrededor de 5 kilogramos. No solo está exquisitamente elaborado y limpio, sino que también emite un suave canto y un sonido de campanilla, incluso estimulando el sistema nervioso central del cerebro humano para evocar una experiencia sensorial de cinco sensaciones distintas. El misterio del cráneo de cristal radica en su capacidad para cambiar de color y transparencia continuamente, casi como si estuviera respirando.
Los cráneos de cristal se exhiben tanto en el Museo Británico como en el Musée de l'Homme en París. Los guías del museo sugieren que este cráneo en particular puede haber tenido su origen en los aztecas de México en el siglo XIV o XV. Sin embargo, esta afirmación ha sido recibida con escepticismo, ya que los aztecas de esa época no poseían la tecnología para fundir cobre. El verdadero propósito de estos cráneos sigue siendo un misterio sin resolver: ¿eran meros objetos decorativos o tenían otras funciones?