En 1924, el explorador británico Mitchell Hedges descubrió un cráneo de cristal en la antigua ciudad de Luban Eton, en América Central. Este cráneo mide 18 centímetros de largo y 13 centímetros tanto de ancho como de alto, pesando 5 kilogramos, y se asemeja notablemente a un cráneo humano real. Sorprendentemente, no solo emite suaves cantos y sonidos de campanillas, sino que también estimula el sistema nervioso central, provocando cinco experiencias sensoriales: gusto, tacto, olfato, vista y oído. Al estar frente al cráneo, las personas informan sentir sed y presión en sus cuerpos y rostros. Al tocarlo, se pueden sentir variaciones de temperatura y vibraciones en diferentes lugares. Estos fenómenos han dejado perplejos a los científicos.
Además, el color del cráneo de cristal cambia con el tiempo, a veces volviéndose difuso como algodón de azúcar y otras veces claro y transparente, incluso creando ilusiones ópticas. La investigación del Dr. Dolente sugiere que puede tener propiedades hipnóticas. El alto índice de refracción del cristal lo convierte en una excelente superficie reflectante, adecuada para fines de adivinación. Este cráneo juega un papel importante en las prácticas religiosas locales, pero sus orígenes y usos siguen siendo un misterio sin resolver.
Otros dos cráneos de cristal en museos también han suscitado un amplio debate. Uno se encuentra en el Museo Británico, mientras que el otro está ubicado en el Musée de l'Homme en París, Francia. A pesar de las diversas teorías propuestas por expertos, los verdaderos orígenes y propósitos de estos cráneos siguen sin respuesta.