En el verano de 1936, fuera de la capital de Irak, Bagdad, los trabajadores de la construcción descubrieron inesperadamente un antiguo sarcófago de piedra mientras construían un ferrocarril. Dentro del sarcófago, junto con valiosos artefactos de oro y plata, había algunos tubos de cobre, varillas de hierro y cerámica. Estos extraños objetos llamaron la atención del arqueólogo alemán Walther Ammann-Kavinig. Tras realizar investigaciones, anunció que estos objetos eran antiguas baterías químicas capaces de generar corriente eléctrica a través de agua ácida o alcalina. Sin embargo, su descubrimiento no recibió reconocimiento inmediato. No fue hasta más tarde que el erudito alemán Ailin Aijebalicht creó réplicas y realizó experimentos que verificaron la capacidad de la batería para generar electricidad. Esto no solo demostró que los antiguos persas habían dominado la aplicación de la electricidad, sino que también suscitó nuevas discusiones sobre las técnicas de fundición antiguas.